Recuerdos del TER

¿Quién no tiene recuerdos de algún viaje en tren que le marcara la niñez? En esta ocasión, voy a contaros mis experiencias personales con los viajes en TER que realizaba en algunas fechas marcadas (verano, navidad) desde Zaragoza para visitar familiares en Irún. Este tren era el segundo más lujoso de la época, por detrás, claro está, del Talgo III, el rojo de toda la vida, y para un niño acostumbrado a viajar en los “verdes”, aquello era todo un lujo.

Era un viaje desde Zaragoza a Irún. El tren, creo recordar que partía de Alicante, y entraba a Zaragoza cruzando el Barrio Oliver (por una vía ya desmantelada). Llegaba a la antigua estación del Portillo, donde lo tomábamos. En el Portillo cambiaba de sentido de circulación, y partía “marcha atrás”, tomando las vías dirección Madrid-Bilbao.

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Era un tren TER de doble composición, que se dividía en la estación de Castejón de Ebro. Una de las composiciones TER continuaba hasta Bilbao, y la otra, la nuestra, seguía por otra vía hasta Irún, e incluso pasaba la frontera francesa para finalizar su viaje en Hendaya.

Por supuesto, como cualquier niño yo quería ir pegado a la ventana para ver el paisaje a través de aquella ventana con la persiana encerrada entre los dos cristales. Era curioso. Creo que este tipo de ventana no se ha vuelto a instalar en ningún otro tren, a excepción, quizá, del “Obispo”.

Siempre viajábamos en segunda clase. La primera era cara para el bolsillo de mis padres, y sólo pasábamos al coche de primera para ir a la cafetería. Recuerdo que me asomaba a ver cómo era eso de viajar en primera.

En una ocasión, mis padres por las prisas se equivocaron de coche, y nos sentamos en primera clase. Yo pensé que el tren lo habían modernizado, por que no se oía el motor y era mucho más elegante. A mitad del viaje, el revisor nos advirtió que éstos no eran nuestros asientos, que teníamos que pasar al otro coche, o pagar la diferencia. Mi madre preguntó cuánto sería esa diferencia, por no movernos, y el revisor se fue a calcularla.

Tardó en pasar de nuevo el revisor con la diferencia ya calculada. No recuerdo el precio de aquel viaje, ni en primera ni en segunda, ya que para un niño de 8 años, ésos eran temas de mayores, pero sí recuerdo la expresión de mi madre diciendo que era muy caro y que nos movíamos de coche.

El revisor reclamo que ya habíamos hecho casi todo el viaje en primera, pero mi madre soltó un definitivo “haber llegado antes”, que dejo al empleado de ferrocarril sin palabras.

Así que, equipaje en mano, pasamos a segunda clase, donde nos tuvimos que sentar en asientos separados, y con aquel molesto ruido del motor que se dejaba sentir mucho sobre todo después de experimentar el viaje en primera. La diferencia entre primera y segunda clase era importante, pero el viaje ya estaba casi finalizado.

La vuelta nunca la hicimos en TER, ya que por horario había otro tren que nos encajaba más. Era el Tren Estrella Sol de Levante, uno de los “verdes”,… pero, como se comenta al final de la película Conan el Bárbaro, “eso, es otra historia”.

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